Los incendios forestales que afectan a los bosques patagónicos hacen que las alarmas ambientales vuelvan a tronar en el país. En las últimas semanas, el fuego consumió miles de hectáreas de árboles en una región donde las condiciones climáticas favorecen la propagación de las llamas. Sin embargo, advierten que el problema excede lo estrictamente natural y tiene un fuerte componente humano.
“El fuego, en sí, no siempre es un elemento negativo”, explica Martín Sirombra, biólogo ecólogo, al señalar que en algunos sistemas naturales de la Argentina, como el Gran Chaco o el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, el fuego forma parte de la dinámica ecológica. “Son sistemas que están adaptados a la presencia de fuego”, aclara. La situación es distinta en los bosques andino- patagónicos, donde los incendios no forman parte de la dinámica natural, por lo cual generan impactos severos y duraderos.
Según el especialista, en estos casos el fuego “pasa a ser un evento más de tipo social que una cuestión ecológica natural”, debido a que la mayoría de los focos se originan debido a la acción del hombre -sea por negligencia, desconocimiento o incluso de manera intencional-. La presencia de turistas, fogones mal apagados o quemas deliberadas agravan un escenario ambiental ya frágil. En ese contexto, el riesgo no se limita al ambiente. Los incendios forestales también ponen en peligro a pobladores locales, a brigadistas y a turistas. Y en algunos casos derivan en la pérdida de vidas humanas.
Recuperación
La magnitud del daño no se mide solo en hectáreas quemadas, sino en el tiempo que demandará la recuperación del bosque. “Los bosques tardan muchísimo tiempo en regenerarse”, advierte Sirombra. Y remarca que la recuperación depende de la intensidad del fuego, de si afectó el suelo o las copas de los árboles, o si quedaron organismos vivos capaces de rebrotar.
Este punto permite trazar un paralelismo con Tucumán. En la provincia, la selva de Yungas no es un ambiente adaptado al fuego, y los incendios tienen consecuencias de largo plazo. “Un ejemplo claro es lo que pasó en la selva de Yungas con el gran incendio que hubo en la zona del Indio. Todavía se pueden ver los efectos, y ya pasaron muchísimos años”, señala el biólogo. La comparación sirve para dimensionar lo que podría ocurrir en la Patagonia, donde los ecosistemas también son sensibles y de lenta recuperación.
Otro aspecto crítico es el impacto sobre los suelos. Cuando el fuego avanza a nivel del suelo, se quema la materia orgánica y se pierde la biodiversidad de microorganismos esenciales para el funcionamiento del ecosistema, ya que todos los sistemas biológicos funcionan gracias a estos, y es una advertencia clara, ya que su pérdida compromete los procesos naturales de regeneración.
A esto se suma el riesgo de que, tras el incendio, avancen especies exóticas invasoras. “El fuego limpia un sitio y crea un espacio disponible que puede ser aprovechado por plantas invasoras”, afirma Sirombra. Estas especies suelen crecer más rápido que las nativas y no tienen enemigos naturales, lo que dificulta la recuperación del bosque original.
En cuanto a la fauna, el impacto varía según el evento. Muchas especies pueden huir, pero otras no logran escapar y mueren durante el incendio. La evaluación real del daño, señalan los expertos, solo puede hacerse una vez extinguido el fuego, mediante relevamientos específicos.
La restauración de las áreas afectadas tampoco responde a una única receta. En algunos casos, si el incendio fue leve, se puede dejar que la naturaleza siga su curso. En otros, cuando el daño es severo, es necesaria una restauración activa mediante la plantación de especies nativas, un proceso costoso y que requiere planificación y recursos.
Para Sirombra, el eje central del problema es claro: la prevención. “Hay que darle el peso que realmente tiene a la educación ambiental”, afirma. Muchos de estos incendios podrían haberse evitado con mayor conciencia y responsabilidad social. Y sobre todo por las diferentes consecuencias que tienen, como la pérdida de bosques, daños materiales, caída del turismo, y sobre todo la pérdida de vidas humanas, “La gracia de uno termina siendo la tragedia de un montón de gente”, resume el especialista.
Desde Tucumán, donde los incendios también representan una amenaza en épocas secas, la situación del sur funciona como advertencia. La experiencia local en las Yungas demuestra que el fuego deja cicatrices que perduran durante décadas. En ese sentido, el desafío es fortalecer la educación ambiental, promover un uso responsable del territorio y evitar que el fuego, provocado por el hombre, siga transformándose en una catástrofe ecológica y social.